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A reserva de las diferentes consideraciones culturales que cada
país podemos encontrar en materia de eutanasia, e
independientemente de cómo nos aproximamos al tema de las
decisiones al final de la vida, cierto es que el modelo
educacional del médico, desde tempranas épocas en su inicio en
las Escuelas de Medicina, es enseñado desde el culto absolutista
de la vida y se inculca a los estudiantes, consciente o
subconscientemente, objetiva o subjetivamente, que la muerte se
constituye en la expresión máxima del fracaso del médico ante su
paciente; y cuando el final de la vida se aproxima, la tendencia
natural del profesional de la salud, es hacia el ensañamiento
terapéutico (distanasia), porque para él, para el profesional de
la Medicina, un sentimiento de culpa emerge ante la duda
razonable de si, científicamente, ha interpuesto él todo su
empeño, su diligencia, su pericia, a los fines de evitar el
resultado de muerte que se aproxima.
El médico, independientemente de su especialidad, es educado en
el culto a la vida, no a la muerte, como si cada uno de ellos,
el inicio y el fin de la vida, no perteneciesen al mismo
proceso, al mismo ciclo. Concomitantemente, y de forma
sinérgica, se añaden los factores cultural y religioso que, en
su mayoría, conllevan un mensaje similar en el ámbito
internacional.
Desde otra esfera de consideraciones, también se nos enseña
prontamente que el derecho a la vida es inviolable y que nadie
puede imponer pena de muerte. Por lo que se crea una especie de
concepto absolutista sobre la vida olvidándonos con regular
frecuencia que es el paciente, como persona, quien tiene su
derecho a la autodeterminación y autonomía de voluntad y es él,
el paciente, quien a fin de cuentas debe, en principio, tomar
sus propias decisiones, fundamentadas en la información oportuna
y veraz que el médico está obligado a entregar.
Depende entonces del proyecto de vida, y de salud, de la calidad
de vida esperada por el paciente, lo que se constituye en factor
preponderante en el enfrentamiento del médico y de los
familiares ante el paciente que pudiese estar considerando la
eutanasia como una alternativa viable para enfrentar,
racionalmente, una finalización de su período vital, y con la
consolidación de su derecho a morir con dignidad.
El paciente, física y jurídicamente competente, quien en
ejercicio pleno de su derecho de autodeterminación y autonomía
de voluntad, manifiesta su firme decisión de enfrentar el final
de su ciclo vital cuando, ante una enfermedad terminal, en fase
terminal, con manifestaciones de dolor u otras condiciones que
hagan oprobiosa su existencia, la medicina tradicional y la
paliativa no han sido eficaces, toma su decisión desde su propia
autoestima, con consideración y respeto a su propia vida o
persona, y quizás, si bien es cierto no desde el más óptimo
estado de felicidad, al menos desde el mejor grado de bienestar
y paz interna; por lo que he concluido que nunca podrá llamarse
a la eutanasia como un acto de piedad o misericordia hacia el
ser humano que así lo solicita. Es un acto muy particular y
autónomo del paciente, y el médico solamente corresponde con su
profesionalismo a ayudarlo en el proceso «de» morir y no como se
argumenta equivocadamente: ayudarlo «a» morir.
Así la cosas, es fácil entender que el duelo, la aflicción o
pena manifestada corresponde más a aquella del médico tratante
y/o de los familiares del paciente, que a la del paciente mismo.
El médico, ante la fase terminal de la vida de su paciente se
siente psicológicamente culpable por no haber podido ofrecer más
alternativas a su paciente; se manifiesta inconforme,
insatisfecho, con resentimiento, y un desagradable sabor de
incompetencia ante la imposibilidad de ayudar más a su paciente.
Es por ello que tras el escudo de protección que se crea con
argumentos en contrario, va al debate sobre la eutanasia con el
objetivo de no aceptarla por que de hacerlo sería aceptar su
propio fracaso. Se erige entonces en defensor de un pseudo
derecho, o derecho no existente del todo: el derecho a la
investigación científica, el derecho a la imposición forzada de
un tratamiento médico; en resumen, al ensañamiento terapéutico.
Sucede en todas las especialidades médicas pero con mayor rigor
en las Unidades de Cuidado Intensivo, donde el debatir entre la
vida y la muerte es la interrogante de cada día.
Esta negación en la aceptación del proceso final de vida, de
forma autónoma, como un proceso normal conclusivo de todo
aquello que se inicia o comienza, consigue su mayor expresión en
el ejercicio profesional de la Medicina que se ampara bajo el
rechazado esquema del modelo vertical de la relación
médico-paciente, bajo cuyo imperio, el médico, considerado
entonces, el fuerte de esa relación, toma todas las decisiones
que en su opinión son las más favorables para su paciente, desde
su óptica y su patrón modelado de toma de decisiones,
obedeciendo al viejo paradigma de relación médico-paciente que
todavía se enseña en nuestras Escuelas de Medicina.
Soy de la opinión que esta es la razón y causa fundamental de
este duelo o aflicción del médico manifestada en el momento de
la toma de decisiones en la fase terminal de la vida; pero
enfatizo que, en la gran mayoría de las veces, este duelo
obedece a su sentido de culpa, de incompetencia profesional ante
el momento de la muerte enseñada como fracaso, y no, exclusiva
ni mayoritariamente, por su afecto o amor hacia el paciente.
Así las cosas, la solución para enfrentar y disminuir
progresivamente este duelo o aflicción por parte del médico en
el momento que su paciente piensa como alternativa viable
aquella de la eutanasia, puede ser corregida desde otro modelo
de enseñanza, para preparar cultural y científicamente al médico
a enfrentar con gallardía, coraje, y sin resentimiento este tipo
de decisiones. Si al profesional de la Medicina, desde sus
inicios como estudiante se le enseña el adecuado respeto por la
vida, y su concepción holística, integral, que significa además
una calidad de vida digna y suficiente, entendería que cada fase
de este proceso llamado vida no es más que eso: una fase de un
proceso y que así como no existe duelo en el momento de
descartar y desechar embriones no reimplantados en las clínicas
de reproducción asistidas artificialmente, y nadie se pronuncia
por los derechos de estos embriones que constituyen verdaderos
proyectos de vida, tampoco debe haber duelo ni aflicción en el
momento de la finalización del ciclo vital de un paciente quien,
además, ya se encuentra, inevitable e irreversiblemente en la
fase final de su vida.
De igual manera, entendemos que, el duelo y la aflicción de los
familiares de un paciente quien decide optar por el
procedimiento de eutanasia, se corresponde mayoritariamente a un
sentimiento invertido; es decir, se expresa el duelo como una
manifestación ego centrista más que de una forma altruista,
proyectada y entendida desde el bienestar del paciente quien ya
descansará de tanto sufrimiento.
El mismo duelo y aflicción que se presenta en el médico se
proyecta en el familiar: un sentido de culpa por todo aquello
que no hemos manifestado con anterioridad; nos preguntamos ante
el paciente que decide finalizar su vida: ¿Te he dicho alguna
vez que te amo? ¿Sabes que voy a extrañarte? ¿Habré hecho por ti
todo lo que tu esperabas de mí? O por el contrario ¿estuve tan
ocupado de mí que nunca percaté tu dolor, tu soledad, tus
inquietudes? Por favor, no te vayas todavía; quédate un poco más
para pagar ahora por lo que no he hecho en tantos años...y allí
viene la aflicción, el duelo, y con ello la negativa a aceptar
una libre decisión del paciente quien de forma autónoma, libre,
consciente y voluntaria, decide no posponer más su encuentro con
la muerte.
Aparecen los sentimientos de culpa, los resentimientos, las
dudas, y el duelo se hace mucho más grave que en cualquier otra
situación más regular.
Debemos aprender más sobre la vida y sus procesos; analizar y
comprender; ayudar y compartir; amar y esperar ser amados;
servir sin desear ser retribuidos. La eutanasia es un tema que,
en mi opinión, al menos en mi país, se encuentra secuestrado.
Recientemente me enteré a través de un periodista que
regularmente me llama para entrevistarme sobre los temas de
Derecho Médico que existe una prohibición de los dueños de los
medios de comunicación de tratar sobre algunos temas, uno de
ellos: la eutanasia.
Desde sus oficinas, también los representantes mayores de las
autoridades eclesiásticas (católicas, fundamentalmente)
secuestran el tema y prohíben a sus feligreses tratar del tema.
Juristas y parlamentarios piensan que el tema debe ser discutido
solamente dentro de los predios de las Comisiones de Reforma de
algunas leyes, como la de Salud y la reforma del Código Penal.
Es por ello que, en lo personal, he iniciado una campaña, con la
publicación de mi reciente libro:
EUTANASIA: MITOS Y REALIDADES (Editorial
Thamer, Septiembre-2003) para intentar debatir abiertamente
sobre este tema. Estoy convencido que es la sociedad, la
comunidad, la quede, en ejercicio de su derecho, discutir sobre
todo lo relativo a la eutanasia, y decidir, si así llega a
considerarlo, sobre la legitimidad de imponer una alternativa
legislativa, para que de forma discrecional puedan aquellas
personas que así lo deseen optar por la eutanasia. La aprobación
justificada para una comunidad de una norma de conducta para que
sirva de regulación para una comunidad, por un tiempo y en un
espacio geográfico determinado (opino juris necesitatis) deberá
ser la que se imponga, de manera mayoritaria, y no aquella
opinión de algunos pocos que, desde sus oficinas y cargos de
representación, piensan que son los amos de la verdad.
En este orden de ideas, es fácil entonces entender que, de
aprobar una alternativa de ley como la que recientemente he
propuesto ante nuestra Asamblea Nacional, debe necesariamente
acompañarse de otra norma que imponga la obligatoriedad de
enseñanza de los aspectos éticos y jurídicos de la eutanasia,
tanto en las Escuelas de Medicina como en las Escuelas de
Derecho, y con mayor razón, en todos los espacios de la sociedad
en general, iniciando campañas educativas desde los niveles
escolares.
El programa es de acción mediata y tardía; pero más temprano que
nunca nuestra sociedad habrá cambiado su cultura hacia la vida,
y entenderá que la fase final del ciclo vital no puede ni debe
ser ensombrecido con una manto negro de duelo y aflicción más
allá del sentimiento normal de tristeza por la lejanía que se
inicia con un familiar, con un amigo.
Lo mismo sucedía con la cremación. En nuestro país no es sino
hasta fechas recientes, escasos años, cuando este proceso se ha
regularizado y expandido como costumbre general pero todavía no
universalmente aceptada; pero hablar de cremación hace unos años
atrás era una trágica realidad que incluso se prohibía; hasta
los sacerdotes de la iglesia católica rechazaban los servicios
religiosos funerarios por considerar que era una forma no
aceptada tradicionalmente a la forma regular de enterramiento y
oponían argumentos religiosos en contra de la cremación.
Para aquellos que, como yo, hemos tenido la oportunidad de
cremar a familiares muy cercanos (madre, suegro) hemos podido
apreciar que el duelo, la aflicción de los familiares más
íntimos, es mucho menor, más pasajera, más normal, comparada con
aquellos que sufren el rigor de un enterramiento tradicional,
con servicios funerales previos y prolongados. Puedo afirmar,
sin temor a equivocarme, que mientras mayor sea el grado de
sentimiento de culpa, temor e inseguridad de afecto sufrido,
mayor será el grado de aflicción y duelo demostrado por los
familiares, con mayor llanto, prolongación de los servicios
funerarios, los cuales tienden a ser incluso los más vistosos y
llamativos en cuanto al ritual ceremonial ofrecido.
Es así que, asimilando la experiencia natural y comparándola con
el tema que nos ocupa, al tratar con duelo y aflicción en los
médicos y familiares del paciente que decide optar por eutanasia
podemos aseverar que depende mucho del grado de comprensión que
sobre esta fase de la vida se tenga al momento de expresar mayor
o menor grado de la misma. Es por ello que el debate sobre el
tema de la eutanasia, como una alternativa viable para aquellos
pacientes que, de forma autónoma y libre, deciden enfrentar con
mayor dignidad el proceso de finalización de su ciclo vital como
consecuencia de enfermedades terminales ya en fase irreversible,
y con una calidad oprobiosa de vida, se ofrece (este debate
sobre eutanasia) como una verdadera terapéutica que puede, con
certeza, prevenir, evitar, disminuir, el grado de duelo y
aflicción, no solamente del médico quien debe enfrentar y
compartir con su paciente la decisión valientemente tomada, sino
también, para aquellos familiares del entorno íntimo quienes
pueden ver con mayor beneplácito que su familiar, una vez
decidida la finalización de su ciclo vital, dejarán de sufrir
innecesariamente y podrán comprender, entonces, que la eutanasia
no se viste de color negro, sino que por el contrario se ilumina
de un purísimo color blanco de paz profunda y verdadera
esperanza por la realización de una misión terrena ya cumplida.
El camino por andar es muy largo todavía, pero la fe, es
precisamente eso, poder creer que el sendero sigue más allá de
lo que nuestra vista físicamente nos permite avizorar. Una buena
educación de la comunidad en general, y un profundo análisis en
el grupo profesional de la salud nos permitirá comprender, en
futuro muy cercano, que la eutanasia, bien entendida, nos
permitirá eliminar los injustos e innecesarios estados de mayor
duelo y aflicción que, sobre médicos y familiares, hoy día se
extiende sofocando la expresión jubilosa de aquellos quienes,
aún sin religión, todavía creen en una vida eterna, en un
resurrección, en una vida después de la muerte; o al menos en un
derecho de cualquier ser humano a morir con dignidad.
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